30paralos40

Reflexiones (y jocosidades) de una mujer próxima a las cuatro décadas

Día 11: ¿“Viernes cultural”? 5 de octubre de 2012

Filed under: FRASES CELEBRES — Sonia @ 6:30 PM
Tags: , , , , ,

“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces.” Marcial.

Cuando se me ocurrió esto de hacer un blog, le hice la consulta a alguien cuyo trabajo respeto mucho, a mi amiga y compañera Roxana Muñoz. A ella le fascinó la idea, y me dio algunas luces sobre temas. Y uno de los que mencionó fue hablar sobre cosas que ya no haría.  

La verdad que me costó pensar en un tema así. Yo me las tiro dizque de moderna, y me cuesta aceptar eso de que “a esta edad” haya cosas que ya no se hacen. Igual, hice mi  introspección. Y, justo hoy, en mi día favorito, realicé que hay algo que naturalmente se fue. Algo que, como quien dice, se lo llevó el viento. Hablo del “viernes cultural”.

Desde niña, el viernes ha sido un día que asocio con diversión. En la época escolar, la llegada del fin se semana significaba dos días sin madrugar y sin correr por las tareas. Era momento de juntarse con los compinches de la barriada para jugar y, más adelante, para tertuliar. Creces y todos los viernes aparece un cumpleaños, una reunión de grupo juvenil, el pijama partyen casa propia o ajena, los famosos quince años. La cosa es fiestear. ¡Y yo  jamás decía no! La que decía no era mi mamá, pero se negociaba.  

La gloriosa época universitaria fue una de las mejores de mi vida. Yo sí hice uso de esa anhelada cédula y libertad de circulación. Y, como dicen por allí, eran otros tiempos, así que era más fácil y económico darle rienda suelta al jolgorio. Un viernes sin parranda era sinónimo a ser un looser, un quedao, a no tener amigos, o a que los tuyos te estaban “chifeando”. Y si arrancabas temprano, para terminar tarde, ¡mejor!

Más de uno de los lectores de hoy, recordará los famosos saraos universitarios de Cubares. Los que no conocieron los viernes para auto en Kobbe Beach, no saben lo que se perdieron. Y mis buenas amigas de toda la vida darán fe de cómo invertíamos nuestras modestas quincenas o mesadas en el difunto karaoke de Backus, donde hasta patacones nos servían.

¿Qué tal los viernes de rock? Estoy segura que alguien por allí se acordará de los traguitos divertidos que servían en Bananas, en Galerías Alvear. Además, la amiga Zule no me dejará mentir: frente al hospital Paitilla había un Kentucky donde se formaban tremendos after party de viernes para sábado, y también de sábado para domingo.

Entonces, comienzas a trabajar. ¡Ay papá! Se suman los arranques con los compañeros de trabajo. Bienvenidos son los happy hours, las “carnes asadas” y cualquier otra fiesta after office. Ahora te mueves más y conoces nuevos lugares. Acá no puedo dejar de mencionar al glorioso bar Rock & Gol, y al Sahara de antes, que enfrente tenía a la mítica discoteca Tabú. ¡Qué viernes aquellos que siempre terminaban al día siguiente!   

Y cuando algún amigo estrenaba casa, apartamento, o tenía padres a los que les gusta el get together, ¡qué bendición! Bien recordarán las familias Fong y Quiel como sonaba mi “Buenasss” al llegar preparada con los aperitivos y “refrescos” para esos viernes inolvidables. Hay tantas historias de esos días en la Torre 300 o en Plaza Madrid que tenemos para rellenar varios blogs…

Pero, casi sin uno darse cuenta, o al menos a mí me pasó, esa vitalidad “viernesina” baja. No es que ya no salga, pero no es cada viernes. Y los viernes que salgo, confieso que ya no siento ese toquecito de locura de antes, la emoción de ejercutar una salida planeada toda la semana, la picardía del arranque que prometía ser inolvidable,  el buen sabor del vacilón noble, y la necesidad de estar con toda esa manada de amigos y amigas que de solo recordarlo me hace sonreír con nostalgia.  

Después de todo, parece que sí hay un momento para todo en esta vida. Y no porque no se quiera, hago constar. Sé de mucha gente, aún mayores que yo, que todavía amaga y con ganas. Sin embargo, por razones más o razones menos, creo que la frecuencia del “viernes cultural” cae con los años. Fuera de otros menesteres, me parece que sucede porque el cuerpecito ya no está para los excesos de antaño.

 

Día 4: Aquella vieja enemiga. 28 de septiembre de 2012

Aunque haya quienes lo duden, yo amo comer. Ya hasta hablé de esto en público y, la mayor prueba de todas es que ¡me casé con un chef!  Esa gente que cree que solo como lechuga o brócoli al vapor, jamás me ha visto dándome un buen atracón. Sí creo que cada cosa tiene su lugar y su momento: hay días para banquetes y días para la mesura. Pero, lo otro que también me gusta, y mucho, es verme y sentirme bien.

El sobrepeso fue un tema que me acompañó en toda mi niñez y adolescencia, al igual que los intentos fallidos de perderlo. Tras ensayos y errores caseros, peleas y sufrimientos, porque siempre he sido buen diente, mi tío, que es ginecólogo y endocrinólogo, me sometió a mi primera dieta exitosa. Claro que, a esa tierna edad era imposible pensar que yo me iba a regir por una dieta el resto de mis días.

Así arrancó mi peregrinación por el yo-yo. Entre esas libras abajo y libras arriba, apliqué cualquier cosa que me prometiera volverme a llevar hacia abajo: Matarme haciendo ejercicios, comer solo lechuga y salchichas hervidas; batidos sustitutos de comidas, picolinato quema grasa, gotas  de algas que prometían transformarte en sirena, supresores del apetito que casi me volvieron una psicótica, y pasar por la inigualable ansiedad de eliminar pan, pastas, arroces y afines de mi vida, más otras bellezas similares.

Hasta que, un día, alguien me dijo que tenía que aprender a comer… Ejem, yo sé masticar, fue lo que pensé. Más la realidad era esa, yo solo estaba masticando y tragando.

Sucedió que mi médico oficial, mi tío, se fue de viaje y lo confieso, le fui infiel. Me dejé tentar por una amiga para ir a otro médico. Lo más maravilloso que ese médico hizo (porque en otras cosas falló y tuve que volver con el tío) fue enviarme a la nutricioncita. WHAT??? Les aclaro; yo acababa de pasar por un hostil plan de reducción de peso, de esos que te someten a la consabida foto de antes y después, que me tenía flaca, escuálida, débil, y somnolienta, pero esbelta. ¿No es esa la tierra prometida? ¿The “ultímate goal”? ¿La panacea para todos mis problemas? Estar flaca a costa de lo que sea… Mmm… Nop.

Lo que aprendí con la nutricionista no tienen precio. Comprendí cómo las mujeres (y también hombres) subestimamos la importancia de alimentarnos bien. Comer no es solo el placer de paladear, que bien nos viene cada tanto. Es nutrir al cuerpo. Queremos trabajar 12 horas por día, atender un negocio, cuidar niños, correr maratones, y ser bombas sexuales comiendo media zanahoria hervida y tres taza de café, 5 cocas light, y tres galletas por día. Quizá se pueda, pero el cuerpo pasará la factura luego.

Y lo peor es que lo justificamos. ¿O es que hay alguien que no haya escuchado a otra mujer, o a sí misma, jurando que tiene tiempo para almorzar? ¿Qué tal el famoso “el lunes empiezo”? ¿O, es que no había otra cosa que comer y tuve que comer “eso” (rellene a su criterio)? ¿O es que me lo preparó mi abuelita y no pude decir que no? Yo no sé en ustedes, pero cuando mi mamá decía no, era no. Y acá es lo mismo. No voy a dejar de almorzar, no voy a comer lo que hay y no voy a comer por complacer a otro. Sé que hay excepciones a las reglas. Pero, si en una empresa se hace un hábito no permitirme una pausa el almuerzo, mejor me voy para otro lado. No quiero hacer carrera en un lugar tan inhumano.

Cuidar lo que como se ha convertido para mí en darme amor, en quererme más a mí misma. Y en una forma de conocerme más. Ahora, por ejemplo, entiendo mucho malos humores que antes no tenían razón. Todo se hubiera arreglado con un poquito de comida a tiempo. ¿O es que no les ha tocado hablar con una amiga el día que desayunó café negro y no ha almorzado para las tres de la tarde? A esa hora ya está que llora o grita, sin mencionar el dolor de cabeza.

Entiendo que en los años venideros, por pura biología femenina, tendré que ponerme más vigilante. Los 40 traen libras y me tocará razonar con mi vanidad. Pero, no hay perfección en esto; se hace camino al andar, y al comer. Y eso es lo que más amo de todo ese proceso vivido: mi reconciliación con la comida. Ahora, esa vieja enemiga, es mi mejor amiga.

 

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 239 seguidores